En resumen
- Lucas nombra a María Magdalena, Juana y Susana antes de contar la parábola: ellas ya están oyendo y haciendo, más que los doce.
- Lo que distingue al buen terreno no es el entusiasmo inicial ni la ausencia de dificultades, sino oír, retener y dar fruto con perseverancia (v.15).
- «Mi madre y mis hermanos son estos que oyen la palabra de Dios y la hacen» (v.21). No los que llevan más tiempo ni el título correcto: los que hacen.
Cada octubre, con la llegada del mes de la Reforma, los protestantes tenemos una tentación particular: recordar que nosotros somos la verdadera iglesia —a diferencia de los católicos, que no lo son—. Y los católicos, por su parte, tienen exactamente la tentación opuesta.
El debate tiene quinientos años de historia y no parece cerca de resolverse. Pero Lucas 8 tiene una respuesta que ninguna de las dos tradiciones querría escuchar.
Jesús está recorriendo ciudades y aldeas, proclamando las buenas noticias del reino de Dios. Lo acompañaban dos grupos: los doce —a quienes él mismo había llamado—, y un grupo de mujeres que Lucas nombra específicamente: María Magdalena, Juana la mujer de Chuza, Susana, «y muchas otras que de sus bienes personales contribuían al sostenimiento de ellos» (v.3).
Lucas presenta a estas mujeres antes de contar la parábola, y no es casualidad. No solo escuchan a Jesús —disponen de sus recursos para hacer posible su misión. Están oyendo la palabra y actuando en consecuencia. En esto, son más fieles que los doce, que a lo largo del evangelio de Lucas aparecen frecuentemente desorientados y lentos para comprender.
Ante la multitud congregada, Jesús cuenta la parábola del sembrador. Una semilla cae en cuatro tipos de terreno. El camino: los pájaros la devoran. La roca: germina pero se seca sin humedad. Los espinos: crece pero es ahogada antes de dar fruto. La buena tierra: produce a ciento por uno.
Hay cuatro terrenos, pero solo uno es bueno. Y cuando los discípulos le piden a Jesús que explique la parábola, aclara que la semilla es la palabra de Dios —y que lo que distingue el buen terreno de los otros tres no es el entusiasmo inicial ni la ausencia de dificultades, sino algo más simple: «oír la palabra con corazón recto y bueno, y retenerla, y dar fruto con perseverancia» (v.15).
Oír. Retener. Hacer.
Lo que llama la atención en la explicación de Jesús es que los tres terrenos que no producen fruto no son personas ajenas a su enseñanza. Son personas que oyeron.
El primer grupo oyó y el diablo arrebató la palabra de sus corazones antes de que echara raíz (v.12). El segundo oyó con gozo —pero sin raíz profunda; ante la tentación, cedió (v.13). El tercero oyó y siguió caminando, pero la palabra fue progresivamente ahogada por «las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida» (v.14).
Tres grupos distintos. Un problema en común: en ninguno de los tres la palabra de Dios transforma la vida.
Aquí está la distinción que Jesús quiere que su pueblo entienda: para quien realmente ha oído, no hay diferencia entre oír y hacer.
Esta parábola no es una descripción de tipos de personas ajenas. Es una pregunta dirigida a los propios discípulos de Jesús —incluidos los que llevan años siéndolo.
Jesús lo confirma al final del pasaje. Cuando le avisan que su madre y sus hermanos lo buscan entre el gentío, responde: «Mi madre y Mis hermanos son estos que oyen la palabra de Dios y la hacen» (v.21).
No los que llevan más tiempo. No los que conocen más textos. No los que llevan el título correcto. Los que hacen.
El debate sobre cuál denominación representa a la «verdadera iglesia» se resuelve aquí de manera completamente personal e intransferible: ¿está la palabra de Dios transformando activamente tu manera de vivir, de gastar tu dinero, de tratar a tu familia, de tomar las decisiones que nadie ve?
Si la respuesta honesta es «más o menos» —que básicamente concuerdas con las ideas cristianas pero tu vida es notoriamente similar a la de alguien que no cree en nada—, entonces Jesús está señalando en tu dirección con la parábola del sembrador.
Jesús habla a sus discípulos en público, delante de una multitud de personas que han venido a ver qué pasa (v.4). No era un retiro cerrado. Era una proclamación en las plazas.
Si estás leyendo esto desde fuera de la fe cristiana —quizás porque has visto la hipocresía de comunidades que dicen una cosa y viven otra—, Lucas 8 también está dirigido a ti. La parábola es exactamente un diagnóstico de ese fracaso: hay personas que oyen las palabras de Jesús y no dejan que transformen nada. Eso no invalida las palabras. Invalida la recepción.
La invitación de Jesús no es adherir a una institución. Es escucharlo a él —su palabra, su enseñanza— con «corazón recto y bueno», y hacer lo que él dice. Eso, y no otra cosa, es lo que define a su familia.
Y las mujeres del versículo 3 —María, Juana, Susana— lo entendieron antes que nadie.
Diego Torrealba
Diego Torrealba es esposo de Sabrina y padre de Lucía y Aurora. Pastorea la Iglesia Cristo Redentor Vitacura, parroquia de la Iglesia Anglicana de Chile, y es profesor en el Centro de Estudios Pastorales de la Iglesia Anglicana de Chile y en la Facultad de Teología Reformada, en Santiago de Chile. Es autor de «Allen Gardiner: el legado del anglicanismo en Sudamérica». Conocer al equipo →
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