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Génesis 1 y el ocaso de los dioses

Cuando Richard Dawkins vino al Congreso Futuro dijo que invocar a un dios para explicar el origen de la vida es denigrante. Es una acusación seria y merece una respuesta seria.

Por Diego Torrealba Texto base: Génesis 1 11 de septiembre de 2026

En resumen

  • Génesis 1 no fue escrito contra la ciencia moderna sino contra Amón-Ra: el sol, dios supremo de Egipto, queda rebajado a «la lumbrera mayor».
  • El uso de elohim en Génesis 1 y de YHWH Elohim en Génesis 2 es deliberado: el Dios del cosmos es también el Dios personal de su pueblo.
  • La alternativa —un cosmos ordenado surgido del puro azar— exige una fe más grande, y más vacía, que la que pide la fe cristiana.

En enero de 2019, el Senado de Chile invitó a Richard Dawkins a su Congreso Futuro, la vitrina científica más importante del país. El biólogo británico, célebre por su cruzada contra la fe cristiana, no desaprovechó el escenario. «Invocar un dios para explicar [el origen de la vida] es denigrante, lo reduce a una no explicación», declaró ante un auditorio lleno. Para Dawkins, la idea de un Creador no es solo errónea: es un insulto a la inteligencia humana.

Es una acusación seria, y merece una respuesta seria. Porque detrás de la provocación de Dawkins hay una pregunta que ninguna generación puede evadir: ¿de dónde venimos? La respuesta que demos determinará todo lo demás —quiénes somos, para qué existimos, hacia dónde vamos—. Génesis 1 fue escrito precisamente para responder estas preguntas, aunque de una manera inesperada.

Un texto polémico, no un manual de ciencia

Es común presentar Génesis 1 como si compitiera con la cosmología moderna, como si Moisés estuviera intentando participar de un debate científico actual. Pero el capítulo tiene un adversario distinto: los dioses de Egipto.

Si Moisés escribió Génesis —como sostiene la tradición cristiana—, lo hizo para una generación de israelitas que había pasado cuatro siglos en Egipto. Muchos de ellos, aunque étnicamente hebreos, pensaban con categorías egipcias. Conocían a Amón-Ra, el dios sol, y una cosmogonía cargada de divinidades caprichosas, sujetas a pasiones y accidentes, muy semejante a otros relatos del Antiguo Cercano Oriente como el Enuma Elish babilónico o la epopeya de Gilgamesh. En esos relatos, los dioses no se proponen crear a la humanidad: esta surge casi por accidente, subproducto de conflictos y accidentes divinos.

Génesis 1 entra a esa conversación no como un tratado neutral, sino como un desfile de dioses derrotados. Y no es casualidad que el capítulo use el término genérico elohim («Dios») para probar, ante una audiencia desorientada, que el Dios de Israel es el único Dios verdadero; el creador de todo. Mientras que Génesis 2 pasa a usar YHWH Elohim («el Señor Dios») para revelar que ese Dios de todo el cosmos es también el Dios personal que se ha dado a conocer a su pueblo. El sol —divinidad suprema en Egipto, el propio Amón-Ra— es rebajado en el texto a «la lumbrera mayor»: una lámpara que el verdadero Dios enciende y apaga a voluntad. No hay ambigüedad en el gesto: los dioses del imperio más poderoso que Israel había conocido quedan reducidos a objetos de utilería en la escenografía del único Dios verdadero.

El mensaje para los primeros lectores no era una lección de astronomía. Era una desintoxicación teológica: el mundo no nació del capricho ni del azar, sino de la voluntad ordenada de un Dios que actúa con intención.

El problema del azar no ha desaparecido

Dawkins no habla de Amón-Ra, pero su argumento reposa sobre la misma alternativa que Génesis 1 resiste con fuerza: el origen de todo no es fruto de la casualidad, es fruto de la divina intencionalidad. Muchos lectores contemporáneos dan por sentado que la ciencia ya resolvió la pregunta a favor del azar, apoyados en el Big Bang. Sin embargo, ninguno de los modelos propuestos hasta ahora nos libra de la pregunta metafísica que Génesis 1 aborda: ¿qué explica que exista algo, y no nada?

Esta es una pregunta que ha inquietado incluso a científicos que no comparten la fe cristiana. Francis Collins, quien dirigió el Proyecto Genoma Humano, reconoció en una entrevista que no lograba imaginar cómo el universo pudo haberse originado a sí mismo, y que el mero hecho de que tuviera un comienzo sugiere una causa externa a la naturaleza misma. El astrónomo Allan Sandage, descubridor de los quásares, fue todavía más directo: encontraba «bastante improbable que un orden tal como este proviniese del caos», y concluía que Dios seguía siendo, para él, «la explicación del misterio de la existencia» (New York Times, 1991).

Ninguna de estas citas prueba a Dios. Pero sí muestran que la alternativa —un cosmos ordenado que emerge del puro azar, sin ninguna intencionalidad— exige de nosotros una fe más grande (y más vacía) que la que nos pide la fe cristiana.

Lo que esto significa para la iglesia hoy

Génesis 1 no es principalmente un argumento contra el ateísmo: es, ante todo, una pieza de formación espiritual. El texto insiste en que la humanidad no fue creada por accidente ni al margen de un propósito, sino a imagen de Dios, para ejercer un dominio ordenado y fructífero sobre la creación. Eso significa que la pregunta por el origen no es sólo filosófica sino mucho más psicológica y vocacional. Muchos miembros de nuestras congregaciones —especialmente los más jóvenes, formados en un ambiente que naturaliza el azar como explicación última— necesitan escuchar que su existencia no es un accidente cósmico, sino el resultado de una voluntad que los quiso y los llamó por nombre.

Predicar Génesis 1 como un desafío público del Dios de la Biblia contra toda otra pseudo-deidad puede ayudarnos a recuperar su verdadero filo: no se trata de un mero panfleto conspiranoico contra la ciencia moderna, sino una declaración de guerra contra cualquier relato —antiguo o contemporáneo— que reduzca el origen humano a un accidente sin sentido.

Un origen que todavía reclama una respuesta

El autor de Hebreos, escribiendo siglos después, uniría su voz a la de Génesis 1 para declarar que el mismo Hijo de Dios es quien «sostiene todas las cosas con la palabra de su poder» (Heb. 1:3). Para el Nuevo Testamento, la pregunta por el origen del universo no queda resuelta en un evento remoto: sigue teniendo un sostenedor activo, hoy.

Quizás usted, como muchos en nuestras iglesias, ha absorbido sin examinar los relatos de origen que circulan en la cultura, dando por sentado que las apresuradas reflexiones pseudo-científicas ya han cerrado el caso. Génesis 1 le hace la misma invitación que le hizo a una generación de israelitas recién salidos de Egipto: cuestionar las certezas heredadas —también las que resultan cómodas— y considerar si, después de todo, el antiguo relato bíblico sigue describiendo el mundo con más veracidad que nuestras alternativas contemporáneas. Quizás así veremos, una vez más, el ocaso de los dioses.

DT

Diego Torrealba

Diego Torrealba es esposo de Sabrina y padre de Lucía y Aurora. Pastorea la Iglesia Cristo Redentor Vitacura, parroquia de la Iglesia Anglicana de Chile, y es profesor en el Centro de Estudios Pastorales de la Iglesia Anglicana de Chile y en la Facultad de Teología Reformada, en Santiago de Chile. Es autor de «Allen Gardiner: el legado del anglicanismo en Sudamérica». Conocer al equipo →

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