En resumen
- «No se adapten a este mundo»: el griego dice aión —la era, el patrón cultural—, no kosmos. No es un llamado a salir del mundo sino a resistir ser formados por él.
- Syschematizo es presión externa que produce una forma superficial; metamorphóo es renovación interior que produce una naturaleza nueva.
- Resistir la formación cultural a pura fuerza de voluntad no funciona: simplemente reemplaza una formación por otra.
La palabra «domingo» viene del latín dominicus: «del Señor». Antes de que los cristianos se la apropiaran, esa expresión apuntaba a un señor diferente. En el Imperio Romano del primer siglo, el dies dominica era el día consagrado al César — quien portaba títulos que cualquier creyente hispanohablante reconocerá de inmediato: Hijo de Dios. Señor. Salvador. El que trae paz y prosperidad a todo el mundo.
Esto no era metáfora. El culto al emperador era el sistema religioso comprehensivo de Roma, incorporado en cada institución de la vida pública: templos, juegos, festivales, monedas, estatuas, inscripciones cívicas, y el calendario completo. Cada ciudadano romano era presionado constante y comprehensivamente para ser formado en súbdito fiel del César — para que su comprensión de la realidad, su sentido de identidad y sus lealtades más profundas fueran moldeadas por la historia que Roma contaba sobre sí misma.
En ese ambiente, el apóstol Pablo escribe a una pequeña comunidad de cristianos en la capital del imperio: «No se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente» (Romanos 12:2).
La palabra que Pablo usa para «este mundo» no es kosmos —la creación física— sino aion: la era, el patrón cultural imperante. Pablo no está llamando a los cristianos a salir del mundo. Los está llamando a resistir ser formados por él. El verbo griego para «adaptarse» es syschematizo — ser presionado a un molde, tomar la forma de un patrón circundante. El verbo para «transformarse» es metamorphoo — la transformación orgánica, total, desde adentro, de la que viene la palabra metamorfosis. Uno es presión externa que produce una forma superficial. El otro es renovación interior que produce una naturaleza nueva.
El culto imperial presionaba. Pablo llamaba a la transformación.
La relevancia para el siglo XXI no es histórica. Es inmediata.
En 1955, el analista de retail Víctor Lebow publicó en una revista académica norteamericana un análisis que debería leerse en cada programa de educación adulta de la iglesia:
«Nuestra economía extremadamente productiva exige que hagamos del consumo nuestra manera de vivir, que convirtamos la compra y el uso de bienes en rituales, que busquemos nuestra satisfacción espiritual y nuestra satisfacción del ego en el consumo.» Víctor Lebow, 1955
Esta es una afirmación explícitamente religiosa. Lebow no usó la palabra «culto», pero la estructura es idéntica a la que Pablo estaba describiendo. Un sistema diseñado para presionar a los seres humanos hacia un molde particular — uno en que la identidad se encuentra en la adquisición, el significado se localiza en la posesión, y la «satisfacción espiritual» es la recompensa del consumo — es un sistema de formación que compite directamente con el relato del evangelio sobre dónde se encuentran realmente la identidad y el sentido humanos.
El culto al César y el consumismo difieren enormemente en contenido y contexto histórico. Pero comparten una operación básica: el modelado de los seres humanos según una historia particular sobre qué importa, quiénes son, y en qué consiste una buena vida. César ofrecía paz, seguridad y prosperidad. El algoritmo ofrece relevancia, validación y pertenencia. Ambos hacen promesas que solo el evangelio puede cumplir.
A esto hay que sumar la arquitectura de las redes sociales. Las plataformas digitales están diseñadas explícitamente como entornos de formación: identifican lo que ya crees, amplían el contenido que lo confirma, intensifican tu inversión emocional en tu marco interpretativo existente, y van contrayendo progresivamente el rango de perspectivas que encuentras. El resultado no es neutralidad sino formación acelerada — seres humanos moldeados cada vez más estrechamente según la historia que su entorno algorítmico ha seleccionado para ellos.
El Imperio Romano con mejor infraestructura.
El argumento de Pablo en Romanos 12:1-2 comienza con la palabra «por tanto» — mirando hacia atrás once capítulos de misericordia demostrada de Dios: «Por las misericordias de Dios, presenten sus cuerpos como sacrificio vivo, santo y aceptable a Dios, que es el culto racional de ustedes» (12:1). La lógica no es primariamente moral ni estratégica. Es teológica. La transformación que Pablo llama no es un programa que lograr sino una respuesta a un don ya dado. Esto importa porque la alternativa — intentar resistir la formación cultural a pura fuerza de voluntad o compromiso ideológico — no funciona. Simplemente reemplaza una formación cultural por otra.
Lo que Pablo describe es la renovación continua y diaria de la mente mediante el encuentro con la realidad de Dios — en la Escritura leída honestamente, en la oración que expone en lugar de encubrir nuestros supuestos, en la comunidad que está dispuesta a nombrar las maneras en que ha sido formada por fuerzas distintas al evangelio. La meta de esa renovación se describe con tres palabras: lo bueno (kalos), lo agradable (euarestos), lo perfecto (teleios). Pablo no está llamando a los cristianos a una vida de rigor moral por el rigor mismo. Está describiendo la capacidad de percibir y habitar la bondad, el deleite y la plenitud genuinas — exactamente lo que cada sistema de formación promete y ninguno de ellos entrega.
Richard Bauckham, teólogo de Cambridge y uno de los lectores más agudos del Nuevo Testamento, pone la implicación con precisión:
«Lo que necesitamos es que las comunidades cristianas se desarrollen como una alternativa contracultural a la cultura dominante que, al mismo tiempo, solidariza reflexivamente con todo lo que es bueno en la sociedad y critica proféticamente todo lo que corrompe y destruye.» Richard Bauckham
No el repliegue sectario. No la acomodación progresista. Una comunidad contracultural que conoce su propia historia con suficiente profundidad para distinguir lo que en la cultura circundante refleja la bondad del Creador — y lo que refleja las distorsiones que introduce el pecado — y que encarna la diferencia de manera suficientemente visible para constituir una alternativa inteligible.
Cada era presiona a sus ciudadanos hacia un molde. El culto al César usaba procesiones y estatuas. El consumismo usa tarjetas de crédito y plataformas digitales. El mecanismo cambia. La operación es la misma.
La única pregunta es si la iglesia está dispuesta a notarlo.
Diego Torrealba
Diego Torrealba es esposo de Sabrina y padre de Lucía y Aurora. Pastorea la Iglesia Cristo Redentor Vitacura, parroquia de la Iglesia Anglicana de Chile, y es profesor en el Centro de Estudios Pastorales de la Iglesia Anglicana de Chile y en la Facultad de Teología Reformada, en Santiago de Chile. Es autor de «Allen Gardiner: el legado del anglicanismo en Sudamérica». Conocer al equipo →
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