En resumen
- Para saber de qué trata un libro hay que leer su final, y el final de la Biblia es Dios descendiendo a habitar el mundo, no arrebatando a su pueblo fuera de él (Apocalipsis 21:3).
- «Yo hago nuevas todas las cosas» usa kainós —renovado— y no neos —que reemplaza—. Es la renovación de esta creación, no su descarte.
- La historia tiene cuatro capítulos: creación, caída, redención y nueva creación. Leerla así obliga a reinterpretar todo lo demás.
Corría 1999 y yo tenía 13 años cuando La Matrix me cambió la vida. Sin exagerar. La película presenta a Thomas Anderson, un programador que descubre que el mundo que conocía era una simulación — una ilusión proyectada directamente en su cerebro por máquinas que esclavizan a la humanidad. Morfeo le ofrece una elección: la pastilla azul, y despiertas en tu cama sin saber nada; o la pastilla roja, y descubres la verdadera realidad.
Yo quería la pastilla roja. Siempre.
Ese deseo obsesivo de conocer la verdad real del universo fue lo que me llevó, años después, a entrar por primera vez en una iglesia con interés genuino. Alguien me había dicho que quizás la Biblia tenía datos sobre esa realidad oculta. Llegué convencido de que estaba a punto de tomar la pastilla roja.
Lo que encontré en las primeras páginas fue un prefacio titulado «Plan de salvación».
Sin darme cuenta, ese prefacio moldeó todo lo que leí después. La Biblia se convirtió, en mi lectura, en un libro sobre una sola cosa: cómo los individuos llegan al cielo cuando mueren. No era la historia verdadera del universo completo. Era una perspectiva religiosa sobre la vida después de la muerte. Un manual de instrucciones para conseguir un buen destino eterno.
Me perdí de la historia.
La Biblia comienza en un jardín y termina en una ciudad. Para saber de qué se trata un libro, hay que leer el final. Y el final de la Biblia está en Apocalipsis 21.
«El que estaba sentado en el trono dijo: Yo hago nuevas todas las cosas» (v.5).
La palabra griega no es neos —nuevo, que reemplaza lo anterior— sino kainos: renovado, restaurado, transformado. No es el descarte de la creación actual para construir algo completamente distinto en su lugar. Es la renovación de esta misma creación — cielo y tierra finalmente unidos, la presencia de Dios llenando todo, el diseño original del jardín cumplido a escala cósmica. Una voz desde el trono anuncia: «El tabernáculo de Dios está entre los hombres» (v.3). Al final del libro, Dios no arrebata a su pueblo fuera del mundo. Desciende al mundo para habitarlo.
Ese no es el final de un manual sobre almas que escapan hacia un reino espiritual etéreo. Es el final de la historia de un Creador que se niega a abandonar su creación.
La historia tiene cuatro capítulos. Creación: Dios hace un mundo caracterizado por el shalom —una bondad floreciente, todo en su lugar, la humanidad gobernando la creación bajo la guía de Dios, que juzga lo hecho y lo llama «muy bueno». Caída: el ser humano invierte ese orden, elige la orientación de la criatura sobre la del Creador, y el mundo se fractura. De esa inversión fluye todo lo que hace a la historia humana tan oscura y tan dolorosa. Redención: Dios no abandona su mundo sino que llama a un pueblo —por medio de Abraham, de Israel, de los profetas, y finalmente de Jesús— para ser el vehículo de su gracia restauradora. Nueva creación: lo que Jesús inauguró se completará cuando regrese, y la renovación de todas las cosas será total, abarcante, irreversible.
Esa es la historia. No una antología de moralejas. No un plan de evacuación.
Nuestro tiempo tiene dificultades particulares con esta afirmación. El modernismo —la tradición intelectual que dominó Occidente desde la Ilustración hasta bien entrado el siglo XX— apostó su confianza en la razón humana autónoma para acceder a verdades universales. Los resultados fueron extraordinarios: medicina, tecnología, instituciones democráticas. Los resultados también fueron catastróficos: los nazis fueron una de las sociedades científicamente más sofisticadas de la historia, y usaron esa sofisticación para el asesinato industrializado. La razón autónoma no puede proveer el marco moral que se necesita para gobernar los descubrimientos que ella misma produce.
El posmodernismo emergió como diagnóstico de ese fracaso. Toda gran narrativa es opresiva, concluyó. Cada pretensión de contar la historia verdadera de la realidad sirve algún interés de poder. Después de ver al socialismo producir gulags y al capitalismo producir explotación, la sospecha era comprensible.
Pero hay un problema con la conclusión posmoderna: los seres humanos no pueden vivir sin una historia. La pregunta nunca es si habitamos una narrativa sino cuál. El posmodernismo desmanteló las grandes narrativas mientras generaba las propias —organizadas generalmente en torno a la identidad, el poder y la liberación. Seguimos habitando metarrelatos; solo que ahora con menos honestidad sobre ello.
La afirmación de la Biblia es específica: no es una historia entre muchas, sino la historia que da sentido a todas las demás. El Dios que creó todo, que entró en la creación como ser humano, que fue crucificado por las mismas personas a quienes la historia está dirigida —ese no es el relato de un interés de poder. Es, si es verdad, el relato que explica qué salió mal, qué se está haciendo al respecto, y hacia dónde se dirige el mundo realmente.
Lesslie Newbigin, el misionero y teólogo británico que pasó décadas en India y volvió para encontrar Occidente tan necesitado de misión como cualquier cultura, lo pone con precisión quirúrgica:
«Si esta narrativa no es la que realmente controla nuestro pensamiento, entonces inevitablemente seremos arrastrados por la historia que el mundo se cuenta sobre sí mismo.» Lesslie Newbigin
Leer la Biblia como la historia verdadera de toda la realidad no es un ejercicio intelectual neutro. Es tomar la pastilla roja de Morfeo. Exige reinterpretar todo lo que hemos aprendido —nuestras prioridades, nuestra identidad, nuestra manera de leer las noticias, nuestra relación con el dinero, nuestra vocación, nuestra manera de amar a nuestros vecinos— a la luz de la historia que realmente es la historia del universo.
Hay personas que, habiendo tomado la pastilla roja y visto la verdadera realidad, deciden que prefieren la comodidad de la ilusión. Morfeo lo había advertido. La pastilla roja no es cómoda. Pero es la única que muestra las cosas como son.
Diego Torrealba
Diego Torrealba es esposo de Sabrina y padre de Lucía y Aurora. Pastorea la Iglesia Cristo Redentor Vitacura, parroquia de la Iglesia Anglicana de Chile, y es profesor en el Centro de Estudios Pastorales de la Iglesia Anglicana de Chile y en la Facultad de Teología Reformada, en Santiago de Chile. Es autor de «Allen Gardiner: el legado del anglicanismo en Sudamérica». Conocer al equipo →
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