En resumen
- Lo primero que Jesús dice en Marcos es «el tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado» (1:15). No es un anuncio genérico: es el que Israel llevaba cuatro siglos esperando.
- El «reino de Dios» no es una experiencia interior ni un destino después de morir: es el gobierno restaurador de Dios sobre toda la creación.
- El evangelio del reino tiene tres tiempos: pasado, presente y futuro. Reducido al pasado se vuelve una transacción; reducido al futuro, un plan de evacuación.
Hace algunos años, mi vecino Neil, un británico que vivía al lado de mi departamento, tocó la puerta un domingo en la tarde con dos cervezas en la mano. Sin más preámbulo me dijo: «Evangelízame».
Yo llevaba años estudiando teología. Había leído a los sistemáticos, discutido doctrinas en seminario, y podía explicar la justificación por la fe con cierta competencia. En ese momento, de pie en la puerta de mi propio departamento, me congelé.
¿Qué es, exactamente, el evangelio?
Parece una pregunta que cualquier cristiano debería responder dormido. Pregúntasela a distintas personas en una misma iglesia y escucharás cosas muy distintas: Dios te ama y tiene un plan para tu vida. Jesús murió para que tus pecados sean perdonados. Puedes ir al cielo cuando mueras. Acepta a Jesús en tu corazón.
Nada de esto es falso. Pero ninguna de esas frases es lo que Jesús dijo.
Marcos es casi con certeza el primero de los evangelios escritos, y Marcos no se da vueltas. Dieciséis capítulos, más o menos la mitad de palabras que sus colegas evangelistas, resumiendo tres años de ministerio. Por eso su apertura es tan deliberada: «Principio del evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios» (1:1). Marcos no nos está dando un prefacio a una biografía. Nos está diciendo que lo que sigue es el evangelio.
Cuando Jesús abre la boca por primera vez en el relato de Marcos, sus palabras son precisas: «El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado. Arrepiéntanse y crean en el evangelio» (1:15).
Lo leemos demasiado rápido. Proyectamos nuestras definiciones de «evangelio» hacia atrás sobre el texto y nos perdemos lo que escucharon los primeros oyentes. Para los judíos de Galilea —gente que llevaba cuatro siglos bajo ocupación extranjera desde el último silencio profético— este no era un anuncio religioso genérico. Era el anuncio específico que habían estado esperando toda su vida.
Los profetas habían prometido que Dios volvería. Que el pacto sería renovado. Que Israel sería restaurado. Que por medio de Israel la bendición perdida en el jardín volvería a fluir hacia todas las familias de la tierra. «El tiempo se ha cumplido» significaba: el reloj que han estado mirando se detuvo. La espera terminó.
El «reino de Dios» no es, en su contexto veterotestamentario, primariamente una experiencia espiritual interior ni un destino póstumo. Es la categoría para el gobierno restaurador de Dios sobre toda la creación: justicia para los pobres, paz para los oprimidos, sanidad de la creación misma, una nueva humanidad viviendo bajo el buen gobierno de un Dios bueno. Lo que los profetas habían prometido con ambición cósmica, Jesús lo estaba declarando realidad presente.
Por eso la reacción de los discípulos tiene sentido. Simón y Andrés sueltan las redes al instante (v.18). Jacobo y Juan dejan a su padre con los jornaleros sin mirar atrás (v.20). No por un impulso sobrenatural inexplicable ni porque se enamoraron de Jesús en el momento. Sino porque un pescador judío del siglo I sabía lo que significaba que un rabino anunciara el reino de Dios: que la restauración de todo había comenzado. Eso es razón suficiente para soltar las redes.
Si el evangelio fuera solo «Dios te ama y tiene un plan para tu vida», la reacción inmediata de los discípulos sería una sobrerreacción inexplicable. Pero si el evangelio es la inauguración de la restauración cósmica —el comienzo del fin de todo lo que salió mal con el mundo—, soltar las redes y seguir es la única respuesta racional.
Las consecuencias de un evangelio reducido no son solo teológicas. Son pastorales y prácticas, y se notan el lunes por la mañana.
Un evangelio que solo habla del destino eterno de las almas individuales produce discípulos que solo viven para el domingo. Si la salvación no tiene nada que decir sobre la justicia, la creación, la vocación humana o la renovación de la sociedad, los cristianos no tienen nada que ofrecer al mundo de lunes a sábado. Llegamos el domingo a escuchar el evangelio y el lunes ese evangelio no tiene nada que ver con nuestra oficina, nuestros vecinos ni nuestra mesa familiar.
Es como que te sirvieran un anticucho completo y solo comieras el pimentón. No hay nada de malo en el pimentón. Pero te estás perdiendo de lo mejor.
El evangelio del reino tiene tres tiempos. Está anclado en el pasado: algo decisivo ocurrió en la muerte y resurrección de Jesús que cambió la trayectoria de la historia. Está activo en el presente: el Espíritu del reino trabaja en quienes han respondido, formando comunidades que encarnan los valores del mundo restaurado. Está orientado al futuro: la restauración que Jesús inauguró se completará cuando regrese a hacer nuevas todas las cosas. Los tres tiempos importan. Un evangelio reducido al pasado se convierte en una transacción. Un evangelio reducido al futuro se convierte en un plan de evacuación. El evangelio que Jesús predicó vive en los tres.
Cuando Neil me dijo «evangelízame», merecía escuchar sobre un Dios que hizo un mundo, vio a la humanidad entregarlo a fuerzas de destrucción, entró en ese mundo en persona a un costo extraordinario para sí mismo, y puso en marcha una restauración tan abarcante que nada en la creación —ninguna relación rota, ninguna institución corrompida, ninguna sociedad fracturada, ningún alma dañada— queda fuera de su alcance.
Eso es un evangelio por el que vale la pena soltar las redes.
Diego Torrealba
Diego Torrealba es esposo de Sabrina y padre de Lucía y Aurora. Pastorea la Iglesia Cristo Redentor Vitacura, parroquia de la Iglesia Anglicana de Chile, y es profesor en el Centro de Estudios Pastorales de la Iglesia Anglicana de Chile y en la Facultad de Teología Reformada, en Santiago de Chile. Es autor de «Allen Gardiner: el legado del anglicanismo en Sudamérica». Conocer al equipo →
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